Muchos aniversarios son los nuestros, y parece que no debiera ser ninguno, por esa condición tan inexplicable como fácil de entender, de haber estado siempre ahí, de haber compartido tantas vidas que intuimos rudely interrupted por no sé qué deuda kármica que nos intriga más que inquieta. Pero hace un año que tu realidad fue cuerpo entero y cinco sentidos, la primera vez
en esta vida.
Aceptamos sonrientes y felices todas las felicitaciones, y todos aquellos supuestos amigos que entonces parecían estar cerca y que de forma tan inexplicable como fácil de entender, se han apartado y que no creo que vayan a regresar (ni que se acerquen por el diván de su psiquiatra, todavía), que con su pan se lo coman. Supongo que nuestra pertinaz felicidad y luz conjunta instante por instante de este año en que todas esas tristes criaturas nos auguraban un
breve y fatal destino, tal vez por haber cometido el pecado de ser felices de verdad, molesta de verdad a quien no puede admitir que su condición vital no es plena. En fin, ya sabíamos (yo sí, al menos, que tú, mi reina, tenías idealizado este país, que por ahí fuera tiene fama de alegre, valiente y noble, ay, que risa...) que no estamos en el país de la gula, ni de la lujuria, ni de la ira,...
Hoy vamos a perdonarlos, ya que han tenido el detalle de hacer del día de nuestro encuentro su fiesta nacional. Te quiero, mi vida, y tengo para decírtelo y hacértelo sentir todo este día, todo este año que empieza, toda esta vida que sigue.